Por Nino Gallegos, para APIAvirtual.
Cuando se llega a una jubilación dinámica y a una pensión vitalicia, en tanto, uno no se muera, el espectáculo de la civilización y la tecnología está(n) en su clímax y en su culmen, porque gracias a la gracia de nuestra existencia como consumidores, la vida, se elastifica, se plastifica y se plastina.
Morir joven ha sido una tragedia; y ahora, morir joven y hermoso, es una monstruosidad, solamente reconocible entre los fierros quemados y retorcidos de lo que había sido un automóvil furioso y veloz.
En un sistema de creencias e ideologías, el mercado del consumismo capitalista, ha acabado con el sistema, las creencias y las ideologías, cuando después de la guerra fría, han reemergido con USA, Rusia y China, con más consumismo que comunismo o más comunismo con capitalismo.
La radiosidad del sol alcanza para todo y todos; nubosos y nublados, lluviosos y tormentosos, aguanevados y nevados que hasta, La Bestia del Este, tiene su catálogo de moda invernal, mas no para los indigentes-singentes.
Estando uno en lo que se está, se puede pasar del capitalismo de lujo al capitalismo funeral, llegando primero los pobres y en segundo los ricos, porque eso sí: todos se mueren y nos morimos, no siendo cosa de Dios ni del Destino: es el Estilo de Vida-la Calidad de Vida, porque siempre está el de en medio, el consumidor compulsivo y desmedido.
En la trazadura de la acumulación y el despojo, la oferta y la demanda, han sido la creencia comercial de impulsar la necesidad por la necedad de la compulsión mercadotécnica con la gran hacedora y persuasora de la publipropaganda: la episteme de la pos(t)verdad y la doxa práctica de la mentira como la última Coca Cola en un desierto (cierto) con espejismos (virtuales).
En lo que se tiene de lugar con la semilla mitocondrial y el viaje de la semilla al mundo de arriba, al cielo de en medio y a la tierra de abajo, los días y las noches pasaron de lo céntrico a lo periférico, de lo físico a lo mental, con lugares reales e irreales donde ellos –los antiguos- y nosotros –los modernos- somos lo que tocamos en la plastificación de los paisajes y en la plastinación de los cuerpos, viendo un documental de dos horas para saber que la Historia, el Mundo se hizo en dos horas de creación, duración y destrucción, con o sin comerciales, quedándose pensando uno después de lo visto en los botones rojos de USA, Rusia, China, Corea del Norte y Turquía, anticipándose uno a nada, nadie y alguien que si lo real es lo fáctico, lo mediático es lo virtual, y, lo digital era la impronta y es la huella, lo fácil que es quemarse con un cerillo entre los dedos y/o con un encendedor entre las manos, mientras en Palestina, Siria, Yemen y Sudán se mueren los que tienen que morirse sin hacer más que el ruido necesario en lo que piden ayuda, y nada, y nadie y alguien vamos por su y nuestro auxilio.
La civilización y la tecnología son del mundo arriba, en lo que la naturaleza y la cultura, el ser humano y la condición humana son del cielo en medio y de la tierra abajo, con los pensamientos y las palabras, los actos y los hechos humanos.
La civilización y la tecnología, a favor o en contra, de la naturaleza, de la cultura, del ser humano y de la condición humana, repartiendo a partes iguales-desiguales lo que el capital de lujo da y lo que el capital funeral quita, cuando los complejos industriales militares someten a los complejos industriales humanos.
Ante la necesidad de los necesarios y la necedad de los necios, la civilización y la tecnología, dan para todos y todo, lo cual no es democrático ni solidario y sí práctico y pragmático para el consumismo diario, de la canasta básica a la salud y a la renta universales que la educación corre a cuenta de la televisión, el internet, las redes sociales en la smartphónica sociedad del conocimiento y de la información digitalizados.
Con la civilización y la tecnología de ahora, hoy, actual(izada) con verdaderas y falsas banderas del saber y el conocimiento, Marco D’Eramo, en Geografías de la ignorancia, nos informa:
“La revolución en las comunicaciones, tanto materiales (aerolíneas de bajo coste) como inmateriales (radio, televisión, teléfonos móviles, Internet) ha hecho que aquellas «tierras lejanas» ya no existan. No hay ningún lugar del planeta que no pueda alcanzarse en treinta horas de vuelo, u observarse desde el cielo en tiempo real gracias a Google Earth. Lo lejano está ahora al alcance de la mano, tanto a la vista como en términos físicos y materiales. Sin embargo, esta revolución ha tenido una consecuencia no querida: a medida que lo lejano se ha venido acercando, lo próximo se ha vuelto distante. El distanciamiento de lo contiguo se produce en parte por la naturaleza finita de la vida humana y de su lapso temporal medido en años. Cuanto más chateamos en la red con interlocutores remotos, menos tiempo tenemos para hablar con nuestros vecinos. Cuanto más chapoteamos en las aguas de Sharm El Sheik, Puerto Rico o las Maldivas, tanto menos descubriremos la costa jónica calabresa: esta es una de las razones por las que los italianos del norte son tan ignorantes del sur.”
Por eso, cuando se llega a una jubilación dinámica como a una pensión vitalicia, el corazón, los pulmones y la memoria son los únicos a los que uno llega con los cigarros Delicados, los tragos de café, hace tiempo de alcohol y siempre de agua, demasiada trementina con leña quemada en las cocinas de la sierra y demasiado yodo inhalado y untado con la brisa marina en la costa, yendo y viniendo, subiendo y bajando, de la tierra alta a la arena baja, donde cada vez es más notorio por remarcado y dibujado el rostro del que al final de Las palabras y las cosas, Michel Foucault, nos escribió en silencio y nos leyó en voz alta para que nosotros lo imaginemos en la realidad.
Cuando hay una aceptación tácita y con ínfulas de universalidad, la sabiduría, no alcanza para todos y todo, en cambio y en recambio, la ignorancia, sí.
En el Retrato del hombre civilizado, E.M.Cioran, nos puso de sobreaviso:
“El hombre civilizado ya procedía así incluso en la época en que no era ni tan ‘ilustrado’ ni estaba tan harto, sino entregado a la avaricia y a su sed de aventuras y de infamias. Los españoles, por ejemplo, en la cúspide de su carrera, debieron sentirse tan oprimidos por las exigencias de su fe y los rigores de la Iglesia, que se vengaron de ellos mediante la Conquista.”
Tal vez sí o quizás no, la civilización y la tecnología, no(s) sean necesarias más por necedad que por necesidad, a reserva y sin reservas con la alimentación, la salud y la educación, cuando lo demás ha sido por añadidura, excedencia y obsolescencia con el ocio y el entretenimiento, lo usable y lo desechable en la civilización y en la tecnología de la basura de la alta, la mediana y la baja socio cultura del consumismo, tanto en la abundancia como en la sobreabundancia, en la carencia como en el hambre, la enfermedad, la agonía y la muerte, porque cuando se han desequilibrado la civilización y la tecnología, la naturaleza ha tenido que reaccionar al impacto demoledor de la acción que los complejos industriales y desarrolladores inmobiliarios generan y producen con el fracking industrial, una fractura natural superficial y profunda, quizás no del tamaño del mundo y del cielo, y sí, de la tierra, con el cambio climático, de lo frío congelante a lo caliente ardiente, de la inundación que viene y de la sequía que se ha quedado en un tierra más muerta que yerma que, ni siquiera una brizna de hierba u hojas de hierba sobre un jardín de arena con flores negras.
Los que creen o no creen en el cambio climático, deberíamos saber cómo andan nuestros huesos en nuestro esqueleto, porque los huesos en el esqueleto, una vez, sostuvieron y desarrollaron nuestra infancia entre el niño y la niña de la biología y la naturaleza, la cultura y el ser humano de nuestra condición humana, animal, floral, telúrica y cósmica.