Por Patrocinio Navarro Valero
Fuentes: https://kaosenlared.net
SALUD MENTAL PERSONAL IGUAL A SALUD COLECTIVA
Cada vez se habla más de la salud mental como parte del pack de miserias en que este modo absurdo de vivir y convivir en que hemos convertido nuestro mundo. La psiquiatra que acabo de escuchar afirma que se calcula en 200 millones el número de personas que sufren depresión. Este dato podría sumarse a muchos millones de otros relacionados con diversas enfermedades del sistema nervioso que terminan por producir inmensos beneficios a médicos y farmacéuticos y escasos resultados para los pacientes, pues los medicamentos no curan:, tapan síntomas momentáneos sin ir a su raíz, cronifican la enfermedad, tienen efectos secundarios negativos y cada vez son más caros.
¿Cómo abordar la salud mental? Esta sería una pregunta pertinente. ¿ Cómo hacerlo de tal modo que una persona cualquiera siempre que sea decidida, crítica, exenta de prejuicios, y de voluntad soberana se aborde a sí misma para descubrirse tal como es? Por otro lado, ¿ qué beneficios podría aportarle esa experiencia? Porque al fin y al cabo se trata de una aventura como es la aventura del autoconocimiento que solo puede conducir a la libertad y a la sanación mental. No todo el mundo está dispuesto: se nos enseña a desconfiar de esas cosas, y el ego tiene miedo al subconsciente. Sin embargo, ahí está la clave, y desde Freud, Jung , Reich y sabios, profetas, artistas y místicos, lo han manifestado muchas veces. Tenemos que levantar la tapia del sótano y meternos dentro sin miedo al encuentro consigo mismo. No hay otra forma.
“¿Quién anda ahí?”…
Innumerables veces nos preguntamos acerca de nuestra identidad, pero ¿ damos con la respuesta?…Porque de no conocer la respuesta a esta pregunta tan elemental, tan simple pero determinante, lo que hagamos cualquiera de nosotros y nosotras con nuestras vidas carece del sentido de la realidad, ya que la realidad más elemental, la de saber quién es uno o una nos es desconocida.
Nos miramos en el espejo y sólo nos encontramos con nuestras máscaras. Nos relacionamos con nuestros semejantes usando la careta que más nos conviene, y solemos pasar al Más allá sin tener idea de nuestro verdadero ser. Conocer la identidad real de uno mismo puede llevarnos toda la vida o muchas vidas, depende de cada uno, pero hay obstáculos, como el pensamiento reduccionista y fragmentario, el pensamiento dogmático y las mentiras de las iglesias, la deficiente educación pública en asuntos éticos y morales, y una filosofía materialista ya desfasada por la ciencia, que junto y por separados se han encargado de despistarnos o de abortar la necesidad de buscar en nuestro interior con la mirada libre de prejuicios. Nunca se animó a nadie a semejante tarea por ninguna institución porque ellas mismas fabrican máscaras y cuando algún desorientado con buena fe se atreve a hacerles preguntas encuentra falsas respuestas o señuelos para llamar la atención de la mente intelectual y de los sentidos para tener captada así a su propia clientela y bailar con ella este baile de máscaras que es el mundo, donde queramos o no, damos vueltas y vueltas al ritmo de tiempos y modas marcadas por músicos impuestos.
Se propone un ejercicio de buceo
La mirada interior es un punto de partida que de no acertarse con la visión, tiene muy importantes consecuencias. La primera de todas es que quien no sabe quién es uno mismo no puede conocerse, ni por tanto conocer a los demás, a los que se mira desde el cristal empañado de la ignorancia y de los prejuicios personales, con lo que el sentido de lo real resulta, por extensión, profundamente alterado. A partir de este hecho, palabras como realidad objetiva, racionalidad, lucidez, y otras carece del valor que se le pretende dar, pues ¿ quiénes son los que lo hacen y qué intenciones ocultas les mueven?
Si se carece del sentido correcto de lo que es subjetivo, es decir, propio del sujeto que es uno mismo en cuanto sujeto que se reconoce y conoce, es imposible acceder al conocimiento objetivo de lo que llamamos realidad. Pues ante la pregunta de ¿ qué es real? ¿Cómo responder? ¿Quién responde en nuestro nombre? ¿Nuestro subconsciente, ese desconocido que habita en el sótano y al que nos asusta abrirle la puerta para que no eche por tierra la imagen que hemos puesto en lugar de quién somos? Con esta imagen que hemos superpuesto a nuestro subconsciente tapándolo con identidades prefabricadas por otros (nombre, edad, nacionalidad, creencias de esto o lo otro…) colocamos identidades sobre identidades que se confunden y hasta se contradicen. Pero con ellas pretendemos “ir tirando” por la vida, aunque lo que vamos tirando y desperdiciando es exactamente eso: la propia vida.
Y ¿ cómo descifrar nuestro subconsciente? Aprendiendo a observarnos como si observáramos a un extraño. Observando la calidad ética de nuestros pensamientos, sentimientos, sensaciones, palabras y actos, ver su correspondencia con las leyes espirituales, en especial con la ley suprema del amor.
Las motivaciones reales de todo eso ¿a qué intereses responden? ¿A los de nuestra conciencia? ¿A los de nuestro pequeño y egoísta yo? ¿A los de nuestros diversos “educadores sociales”? ¿Al “qué dirán”? Contestarnos correctamente nos desenmascara y nos salva, no solo de nosotros mismos: nos salva del mundo.
Entre tanto, las cosas suceden de otro modo.
¿INDIVIDUALISTAS Y GREGARIOS?
Vamos por el mundo con nuestras banderas personales pensando que somos únicos, y lo somos, pero al faltarnos la perspectiva de quién es este que lo piensa, de nuestro verdadero ser, fácilmente nos sentimos distanciados de otros que andan igual que nosotros de perdidos. Y rota la verdadera comunicación (pues ya estaba rota en nuestro interior) es fácil llegar a lo que se llega comúnmente: al extrañamiento, a la indiferencia, al desprecio al otro y a sentimientos por el estilo que van a ser bien aprovechados por el sistema capitalista y las iglesias para empujarnos en la dirección que les interesa. ¿Y cuál es? El individualismo gregario. El individualismo nos aleja de la individualidad, y el gregarismo del sentido social y cooperativo. Esta es la base del poder de esta sociedad, con todas sus instituciones: desde el estado a la familia; desde la Iglesia a la gran superficie comercial. El juego es doble: hacer perder a la gente la conciencia de su individualidad con el sucedáneo del individualismo, y creándole falsas identidades mediante “inyecciones” de ideología y roles sociales convencionales para conducir a cada uno a su rol de “masa” lista para seguir el guión gregario.
Y esto es posible no porque aquellos, los que imponen y dirigen, tengan una conciencia de sí cabal, sino porque los que se dejan llevar tienen todavía menos conciencia de quiénes son. Y esto es algo que aprovechan muy bien los organizadores del comercio, de las iglesias, de la política y de las guerras. Esto es una premisa esencial para que existan dictaduras, palacios, templos, tribunales y toda clase de dependencias institucionales, emocionales, sociales y económicas para el control del yo manejable de cada uno y cada una. Igual que sucede en la sabana, donde a los animales débiles de la manada se los comen los leones, a una conciencia débil también se la comen los leones y zorros de nuestro mundo.
La libertad vigilada del hombre enmascarado
Los mecanismos del poder se van así consolidando y refinando para pasar lo más desapercibidos posibles mientras a la vez aumentan su eficacia. Un ejemplo: vamos por una carretera solitaria en el interior de nuestro automóvil, y creemos gozar de libertad sin que haya nada que nos impida correr a la velocidad que nos parezca. Pero es una falsa imagen, porque en ese mismo momento las pantallas de Tráfico desde un radar que no vimos o un helicóptero que nos pasó desapercibido están siguiendo nuestros movimientos y valorando nuestra velocidad y conducta. Igual sucede en las vías públicas, cuando compramos o cuando entramos en un banco, etc. Y no digamos ya de Internet, donde nuestros datos más personales son visibles para innumerables sitios tan lejos de nuestro control como la galaxia más lejana. Vivimos una libertad vigilada pero se pretende que no nos agobie este hecho y se busca la discreción las más de las veces, pero a veces, ni eso. Y todos y todas tenemos alguna experiencia que lo corrobora.
Poco importa entonces que el Poder que vigila y castiga las desviaciones –desde la multa a la cárcel o a la excomunión, según su naturaleza- tenga un nombre u otro. Da lo mismo que se llame monarquía que república; dictadura que democracia: es el Poder, es la afirmación del sí mismo de algunos enmascarados de la” primera división mundial” basada en la negación del resto, convertidos en sub ordinados igual de enmascarados y ciegos, pero débiles, manejables y solo significantes como masa de consumo y producción para el bienestar de aquellos.