Por Michelle Dean
Fuentes: https://www.sinpermiso.info
Donald Trump es hombre al que le gusta pensar que tiene pocos iguales. Pero hubo una época en que tuvo un mentor: Roy Cohn, un abogado notoriamente duro que saltó a la fama a mediados de la década de 1950 junto al senador Joseph McCarthy, azote de comunistas. Sus tácticas le llevaban a menudo a aparecer en los periódicos, pero Cohn no tenía miedo de que la prensa lo mancillara: la utilizaba a su favor. La actitud del a quién le importa mientras salga en los titulares fue la impronta de la vida de Cohn. En nuestra época, Trump la ha hecho suya.
Su cuidadosa manipulación de la atención negativa es algo que Trump advirtió de inmediato cuando ambos se conocieron en 1973. A Trump y su padre acababan de demandarlos por supuesta discriminación de personas negras en las viviendas que los Trump construían y gestionaban en Brooklyn, y buscaron la asesoría de Cohn. Entre otras cosas, Cohn aconsejó a Trump que «los mandara al infierno». Cohn quedó contratado, y uno de sus primeros actos como nuevo abogado de Trump consistió en presentar una contrademanda de 100 millones de dólares que fue rápidamente desestimada por el tribunal. Pero salió en los periódicos.
Este fue el comienzo de una larga y estrecha relación. Trump le confió a Cohn la mayoría de sus asuntos legales durante una década especialmente complicada. Cohn redactó el contrato prenupcial entre Donald e Ivana cuando se casaron en 1977, contrato célebre por su tacañería que sólo le concedía a Ivana 20.000 dólares al año. Cohn también presentó en 1984 una demanda de la Liga de Fútbol de los Estados Unidos (USFL) contra la NFL (Liga Nacional de Fútbol), que pretendía acabar con el monopolio que mantenía esta sobre el fútbol americano. Trump era propietario de un equipo de la USFL y se consideraba que era la fuerza impulsora de la demanda; la rueda de prensa inicial al respecto fue digna de un espectáculo de lucha libre en equipo protagonizado por Cohn y Trump.
«No me engaño sobre Roy. No era un boy scout. Una vez me dijo que había pasado más de dos tercios de su vida adulta imputado por una u otro acusación. Es algo que dejó asombrado», escribió Trump en The Art of the Deal. La búsqueda descarada del poder, el recurso rápido a las amenazas, el gusto por ser el centro de atención de los diarios sensacionalistas… son cosas que Trump tomó de su mentor.
De hecho, si uno se familiariza con la historia de Cohn, su amistad empieza a parecer una influencia sobre Trump todavía mayor que cualquier otra.
Hoy en día, a Cohn se le recuerda sobre todo como un personaje de una serie de televisión: Al Pacino lo interpretó en la versión de HBO de la obra de Tony Kushner, Angels In America. En la visión de Kushner, sólo conocemos a Cohn cuando ya es viejo y está enfermo, cuando miente sobre su homosexualidad y su SIDA (a pesar de que se sabía que tenía muchos amantes homosexuales y de que su diagnóstico de SIDA era ya un secreto a voces en los meses anteriores a su muerte, Cohn se lo negó a todos menos a sus íntimos más cercanos). Interpretado por Pacino, su grandilocuencia es ya patética, un autoengaño. «¿Quieres ser simpático o quieres ser eficaz?», le grita a un acólito idealista. «¿Quieres hacer la ley o estar sujeto a ella? Elige».
Pero no siempre fue así en el caso de Cohn. Hubo un tiempo en el que se le consideraba brillante y poderoso. Como consejero jefe del senador Joseph McCarthy, fue una especie de director de escena de los principales acontecimientos del pánico rojo: el juicio de Ethel y Julius Rosenberg y las audiencias de McCarthy. Otro hombre se habría permitido ser un funcionario invisible en esos procedimientos, pero Cohn, no. Él se hizo visible. Quiso estar en primer plano, aun cuando la prensa se volcara en la diatriba de McCarthy. Se hizo amigo de los columnistas de cotilleos y utilizó a los diarios sensacionalistas. La desfachatez era, de hecho, el rasgo que definía a Cohn. Y fue una desfachatez que Trump recogió y utilizó.
Cohn nació en el Bronx en 1927. A su padre lo nombró Franklin Roosevelt juez de los tribunales del estado de Nueva York. Su madre, Dora, le adoraba y, una de las peculiaridades de la vida de Cohn, vivió él con ella hasta que murió. Cohn comenzó su carrera como fiscal federal, pero fue su actuación en el juicio de los Rosenberg -que fueron juzgados y condenados por espionaje en 1951- donde se labró su verdadera reputación.
Según David Greenglass, Cohn le presionó para que testificara contra su hermana Ethel. En una entrevista con el programa televisivo 60 Minutes en 2003, Greenglass admitió que había mentido en el estrado. Declaró que su hermana había mecanografiado notas enviadas a los soviéticos, pero en realidad se trataba de algo que no había hecho. También dijo que Cohn fue quien le presionó para que incriminara a Ethel. El testimonio de Greenglass llevó a la ejecución de su hermana.
El juicio de los Rosenberg fue verdaderamente el momento en que el cinismo de Cohn salió por vez primera a la luz pública. Estaba dispuesto a tergiversar los hechos en su propio beneficio, aunque eso significara enviar a alguien a la silla eléctrica. Poco después del juicio, empezó a trabajar para McCarthy y el director del FBI, J. Edgar Hoover. Entre los tres consiguieron orquestar una de los mayores baldones de la historia de los Estados Unidos: los famosos interrogatorios de presuntos «rojos» bajo los auspicios del subcomité permanente de investigaciones del Senado. El comité convirtió el nombre de Cohn en algo muy conocido. También supuso sus primeras aventuras reales en la prensa sensacionalista.
Junto con su compañero de comité David Schine, se embarcó en una especie de gira europea, con la misión de erradicar a los comunistas fuera del país. Cohn y Schine hicieron el ridículo ante la prensa. The Guardian, entre otros, se burló sin piedad del espectáculo de dos jóvenes norteamericanos que invadían Radio Free Europe «como los Chauvelin [personaje de La Pimpinela Escarlata] del Comité Revolucionario Francés de Seguridad Pública» a fin de encontrar comunistas entre el personal. El Financial Times los llamó «fisgones de pacotilla». Cohn y Schine también dejaron destrozadas habitaciones de hotel y se pelearon en público.
Después de semejante oleada de atención negativa, la mayoría de los hombres habrían retrocedido avergonzados, se habrían escondido, habrían pasado menos tiempo tratando de ligar con columnistas sensacionalistas y de convertirse en el centro de atención. No fue ese el caso de Roy Cohn. Él y Schine siguieron apareciendo en las audiencias de McCarthy, incluso en el desastroso episodio en el que McCarthy decidió investigar al ejército norteamericano y la prensa finalmente se volvió contra él. Cohn terminó por dimitir, pero defendió siempre las audiencias, y escribió en cierta ocasión un artículo para la revista Esquire titulado «Créanme, esta es la verdad sobre las audiencias Ejército-McCarthy, en serio». Se reconoció generalizadamente que este artículo tergiversaba la verdad y le llovieron las cartas de queja. Una de ellas calificaba el artículo de «vergüenza; sin duda, su publicación no honra a Esquire«. Pero para Cohn el artículo había logrado su propósito: seguir argumentando que se había comportado de forma honorable, como un hombre asediado.
En la era de la telerrealidad, este tipo de payasadas ya no resultan tan chocantes. De hecho, hasta palidecen cuando se comparan con las aventuras periodísticas mismas de Trump en lo que se refiere a su pelo, sus matrimonios, sus acuerdos prenupciales y sus bancarrotas. Los medios de comunicación se han burlado ferozmente de Trump desde los años 80. Pero Trump había aprendido de cierta persona a que le resbalaran todas las burlas, a que la publicidad negativa seguía siendo publicidad.
The Guardian, 20 de abril de 2016